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miércoles, 13 de julio de 2011

Diálogo y servicio, evitan el divorcio

Existe un tipo de ruptura que es la más cruel e irresponsable y es la desaparición y el abandono, es el “hasta nunca jamás”.

¿Por qué alguien puede llegar a odiar a alguien a quien se supone que amó? En algún tramo de este tremendo cambio debe de haber tremendos engaños y tremendas mentiras. Desde el principio, puede ser que nunca amó y que la pasión y el deseo se confundió con amor.

O puede que se trate de una enorme decepción por una gran humillación.

Tal vez el principio de todo puede estar del lado de la indiferencia, de no dar importancia, de no atender las necesidades psicológicas, físicas, morales y espirituales

En otro artículo en el que traté el tema del matrimonio vimos que el amor romántico tiene tres elementos básicos que son: la protección, el cuidado y el sexo y que cuando falla o desaparece alguno de estos elementos pues lo que queda no es precisamente amor, exceptuando el caso de las altas edades o en la senectud, en que por razones obvias lo más importante resulta ya, la protección y el cuidado en las parejas.

Entonces, no es sólo la atracción lo que mantiene juntas a las parejas, sino que el cuidado mutuo también juega un papel.

Tal cuidado emocional puede operar en cualquier relación.

Una madre alimentando a su bebé es el prototipo primario de tal cuidado.

Se sugiere que el mismo sistema de cuidado innato entra en acción cuando tenemos la urgencia de responder a una llamada de auxilio, ya sea de nuestra pareja, nuestro hijo, nuestro amigo o un desconocido en situación de riesgo.

El cuidado emocional en una pareja romántica aparece de dos modos principales: proveyendo una base segura en donde cada integrante pueda sentirse protegido, y ofreciendo un refugio seguro en donde cada integrante pueda enfrentarse al mundo.

Idealmente ambos integrantes deberían ser capaces de alternar fluidamente de uno a otro rol, proveyendo refugio o recibiéndolo, de acuerdo a las necesidades.

Tal reciprocidad marca una relación saludable.

Nosotros suministramos una base segura siempre que vamos al rescate emocional de nuestra pareja, ayudando a resolver un problema angustiante, otorgando calma o sencillamente estando presente y escuchando.

Una vez que sentimos que una relación nos ofrece una base segura, nuestras energías están más libres para enfrentar desafíos.

Un sentido de seguridad mayor parece liberar una abundante dosis de atención y energía frente a las necesidades ajenas.

La gente segura es más propensa que otras a ocuparse activamente del cuidado de sus relaciones, ya sean las madres ayudando a sus hijos, la pareja romántica ofreciendo apoyo emocional a su compañero que se siente en dificultades, el cuidar de parientes ancianos, o el ayudar a un desconocido necesitado.

El cuidado fluye más plenamente cuando nos sentimos seguros, en posesión de un fundamento estable que nos permite sentir empatía sin sentirnos desbordados.

El saberse cuidado nos libera para cuidar a los demás, y cuando no nos sentimos cuidados, no podemos cuidar bien a otros.

Hoy en día, la neurociencia argumenta que cuando una necesidad primaria no es satisfecha, digamos el contacto sexual o el cuidado del otro, entramos en un estado constante de insatisfacción, que puede manifestarse sutilmente como una vaga frustración, o visiblemente, como un rencor continuo.

Estas necesidades primarias, cuando se ven frustradas, se infectan. La señal de tales descontentos neurológicos son los primeros síntomas de una relación en peligro.

familiasur.org

lunes, 4 de julio de 2011

Educar en la sexualidad...

María Elena Caballero (Docente)

Existe una pregunta inevitable que suele aterrar a los padres: el origen de los bebés Conviene que sean ellos quienes respondan estas dudas. ¿Cómo? Con cariño, paciencia, preparando la respuesta y cuidando las palabras elegidas.

Es bastante probable que algún día en que estemos tranquilamente viendo televisión, leyendo o cocinando, nuestro hijo pequeño suelte con toda naturalidad la pregunta a veces tan temida: “Mamá, ¿de dónde vienen los bebés?” Tenemos que estar preparados y con las respuestas previamente pensadas, ya que no merece ser un momento de nerviosismo.

Experiencia de sexualidad

Hay que tener en cuenta que los niños, a esta edad, son muy pequeños como para contar con una experiencia de la sexualidad. No pueden, por lo tanto, adivinar que el desarrollo de su cuerpo los capacitará para dar vida y entregarse en una relación amorosa. Por ello, como todavía no existe, los padres no podemos apoyarnos en esa experiencia de sexualidad de los chicos.

Por otro lado, los hijos perciben que los gestos de ternura entre sus padres son buenos, que el cuerpo recibe y da amor y que eso brinda felicidad.

El niño adquiere experiencia, principalmente, por lo que ve. Sus preguntas surgen cuando ve una embarazada en la calle, una foto o un comercial en televisión. Si bien sus interrogantes serán directos y sin reservas, necesitamos ser cuidadosos con nuestras respuestas, que elaboraremos con cariño y naturalidad.

Las palabras certeras

El lenguaje que empleamos es clave, porque determinará si ayudamos o no a que nuestros hijos resuelvan sus dudas. Por ello, recurrimos a la verdad y no inventamos fábulas, está claro que las cigüeñas y París quedaron muy fuera de moda. Es normal que queramos preservar su inocencia, pero conocer el verdadero origen de la vida en absoluto hará que la pierdan.

Nuestro hijo necesita respuestas reales, pero adaptadas a su capacidad de comprensión. El hecho de haber reflexionado previamente sobre lo que le vamos a decir nos permitirá evitar confusión en las respuestas, que pueden incomodar al niño y hacerle sentir que se ha metido en un tema tabú.

También podemos explicarle que es muy positivo hablar de estos temas con papá y mamá, sin comentarlo con sus amigos, para dejar que sus padres lo hagan.

Las preguntas en torno al nacimiento de los bebés pueden ser muchas y variadas; depende en gran medida de la curiosidad del niño y de algunas situaciones a las que haya estado expuesto.

En todo caso, es nuestra función como padres responder a sus inquietudes. Además, es una oportunidad que no conviene retrasar porque, si no, será otro, quizá menos preparado o con menos cariño, quien le aclarará esas dudas: un amigo, la tele, un afiche en la calle… Hablar a nuestros hijos del amor humano, la afectividad y la sexualidad es imprescindible para que su desarrollo sea completo y armónico.

familiasur.org

Aprendiendo a vivir por imitación...

Biológicamente desde la concepción, el embrión se desarrolla y crece imitando los códigos genéticos de sus padres y ancestros.

El bebé, desde que nace, se desarrolla y crece imitando las acciones y las actitudes de sus tutores emocionales, sean sus padres o no, y posteriormente, las acciones y actitudes que suceden en su entorno diario.

De acuerdo a lo anterior, es en la familia en donde genética y actitudinalmente, nos hacemos. La actitud y el ejemplo que impactamos en nuestros hijos representa, a mi manera de ver, la principal responsabilidad de los padres.

No comento sobre la genética porque es menos importante, porque normalmente no podemos hacer nada con ella sino transmitirla y ya. No existen actos de voluntad o de conciencia que la alteren normalmente.

Sí sabemos que además de la apariencia física transmitimos tendencias –que no leyes absolutas–, y claro que también sistemas operativos absolutos, pero repito, no son cuestiones de voluntad o de conciencia, son razones biológicas.

En donde radica la mayor importancia es en donde existen razones de voluntad y de conciencia, y esas dependen de nuestros actos que se convierten en ejemplo a copiar por nuestros hijos y por la sociedad, porque los seres humanos vivimos imitando a los demás, consciente o inconscientemente. Nos guste o no, lo aceptemos o no, nos sucede todos los días.

Nuestros cerebros tienen mecanismos subconscientes que copian en milésimas de segundo las expresiones y emociones ajenas. Así nos damos cuenta de lo que sienten los demás y podemos contagiarnos de esos sentimientos, como sucede en lo que se denomina empatía. De esta misma manera nos influenciamos en acciones determinadas, copiadas primero y básicamente en el plano subconsciente.

Entonces, todos nosotros imitamos valores y anti-valores en el seno familiar, como primera y primordial enseñanza en nuestras vidas. Si papá se pelea con los vecinos y mamá habla mal de sus vecinas, ¿cómo vamos a aprender el valor de la amistad?

Si papá le da de patadas al perro y mamá de escobazos al gato, ¿cómo podemos aprender el valor del amor por los animales? Si papá y mamá pasan junto a gente necesitada y los ignoran, ¿cómo vamos a aprender el valor del amor por los semejantes y la solidaridad con el dolor humano?

Si papá llega cansado del trabajo y mamá no lo atiende por ver la tele, ¿cómo vamos a aprender el valor de la responsabilidad? Si llegamos felices porque obtuvimos un logro para nosotros importante en la escuela, y nuestros papás están muy ocupados y no le dan importancia, ¿cómo vamos a aprender el valor de la comprensión?

Y si mamá oculta que compró algo para que papá no se moleste, ¿vamos a aprender de esta manera el valor de la honestidad? Y si papá llega tarde porque estaba con sus amigos y descubrimos que fue porque estaba con otra mujer, ¿podremos aprender el valor de la lealtad?

Todo lo que menciono, y miles de cosas más, pasan y muchas nos han pasado como hijos o como padres. El resultado de ellas es la escala de valores que todos utilizamos actitudinalmente a todas horas.

No nos equivocaríamos si pensamos que el mundo está como está porque en nuestras familias, por el incremento de distractores tecnológicos y compromisos laborales y sociales, estamos perdiendo el tiempo básico y elemental para dejarnos imitar en lo correcto como un medio insustituible de sembrar valores que es nuestra obligación y nuestra responsabilidad con Dios y con la sociedad.

Permitámonos la satisfacción de ser imitados en bien y para el bien y, a partir de nuestra familia y con nuestra familia, contribuyamos a seguir formando valores en nuestra sociedad.

familiasur.org

lunes, 27 de junio de 2011

Debaten por qué a los chicos les cuesta tanto escribir sin faltas

El lenguaje de chats y las diferencias socio económicas afectan el aprendizaje.


La dificultad para aplicar las reglas aprendidas a los textos, la colocación de tildes en las palabras, el uso de celulares y chats y las diferencias socioeconómicas son algunos de los problemas que enfrentan los alumnos de escuela primaria en el proceso de aprendizaje de la escritura.

En una evaluación sobre caligrafía y ortografía realizada por la Unesco, la Argentina obtuvo una de las peores notas en relación a los desempeños de alumnos de tercer y sexto grado de América Latina: los estudiantes cometieron un error cada 10 palabras y presentaron dificultades a la hora de mostrar su caligrafía manual en un texto.

“En los últimos tiempos nos hemos vuelto muy pragmáticos, utilizando diversas estrategias. Sabemos que los chicos aprenden de distinta manera: mientras algunos al leer registran y se acuerdan por haber leído, otros necesitan escribir la palabra para retener su ortografía”, explica Cristina Carriego, doctora en Educación de la Universidad de San Andrés y vicedirectora del colegio Pestalozzi.

Otra de las cuestiones clave es “trabajar la conciencia de la posibilidad de error. Lo importante es que los chicos al llegar a escribir un sonido parecido –como la c, la s o la z–, se pregunten y tengan conciencia de que hay más de un camino a seguir y no todos son correctos”, argumenta Cecilia Cancio, licenciada en Ciencias Pedagógicas.

Si se piensa la alfabetización como construcción, los alumnos pasan por diversas etapas en las que la manera de escribir va transformándose de lo auditivo a la aplicación de las reglas. Los estudiantes de primer grado, por ejemplo, escriben “moscito” en lugar de mosquito. “En segundo grado ya no se ve” el mismo error, apunta Carriego.

El uso del lenguaje de los mensajes de texto y del chat también influye en las dificultades de aprendizaje. A los alumnos de quinto o sexto grado muchas veces “les cuesta diferenciar que en un texto académico, en una carta o un cuento no pueden poner la q con apóstrofe para reemplazar la palabra que”, explica la docente Cristina Ashardjian. Lo mismo ocurre con el uso del procesador de texto. “Influye mucho la utilización de la tecnología porque los chicos argumentan que lo que escriben se entiende igual”, agrega la docente.

Los mismos que pueden escribir muy bien en un espacio formal, se descuidan en espacios más informales: no usan tildes ni mayúsculas y abrevian palabras. “Entienden las diferencias pero no las aplican”, sostiene Cancio.

Por último, las especialistas reconocen que las diferencias de recursos socioeconómicos también se presentan como dificultades a la hora de aprender a escribir. “Inicialmente el aprendizaje de la escritura ortográfica tiene una fuerte relación con el nivel socioeconómico y el capital cultural de las familias”, asegura Carriego, quien como tesis doctoral analizó cuatro escuelas primarias de la Ciudad de Buenos Aires a través de una evaluación escrita a los alumnos de segundo grado.

Sin embargo, instituciones con un estatus similar “pueden generar mayor o menor valor agregado en el aprendizaje”, especialmente considerando que el conocimiento de la ortografía “requiere de procesos de enseñanza explícitos”, continuó Carriego. “Esto marca la importancia de la escuela, de lo que pasa en el aula y de las condiciones institucionales que deben compensar las diferencias de capital social y cultural”.

“En las escuelas públicas con poblaciones de menos recursos hay mucho para trabajar, mucho por hacer y se pueden lograr grandes cosas. Los chicos tienen capacidad de aprendizaje, a algunos les costará más pero se puede”, concluye

Clarin.com

La medicina avanzó, pero se perdió el trato personalizado

100 años de la Sociedad Argentina de Pediatría. Reconocidos pediatras recuerdan cómo cambió la atención en un siglo: de curanderos a operaciones intrauterinas. Y reclaman volver a acompañar al paciente, algo difícil hoy por las presiones del sistema.




Enfermedades de Niños se llamó la primera cátedra de pediatría universitaria, creada en 1883. Poco después, en 1911, se fundó la Sociedad Argentina de Pediatría (SAP), muchos años antes que sus pares europeas. De todas maneras, y más allá de lo avanzado del país en la materia, era una época en la que no existían vacunas ni antibióticos. Cien años han pasado. Un abismo para el ejercicio de la profesión que comenzó entre comadronas y niños expósitos. Sin embargo hoy, que pueden realizarse complejas intervenciones intrauterinas, elegir el sexo del bebé o vacunarse contra enfermedades que antes mataban de a miles, los mismos profesionales dicen que no todo anda bien, y que la gran falla actual tiene que ver con la atención. No se trata de echar culpas a los pediatras sino al sistema, a la presión de la obras sociales, a la demanda inagotable de los servicios públicos.

“Nosotros atendemos pacientes que tienen 90 años por delante, debemos atenderlos bien. Lo esencial es invisible a los ojos. Por eso, se debe ser lo más amplio posible dentro de una atmósfera de humanismo. Eso implica un ambiente adecuado y un tiempo lógico. Con los chicos hay que ver lo global, la historia clínica desde el nacimiento, si hasta influye que haya sido un embarazo deseado”, dice Margarita Ramonet, actual presidenta de la SAP.

Teodoro Puga, 85 años, ex presidente de la SAP, contrapone una anécdota de 50 años atrás, cuando ejercía en el hospital de Wilde: “Vinieron varios chicos con los dientes manchados, y todos vivían en Villa Azul. Como era algo muy raro fuimos al lugar. Claro, habían cubierto las calles con baterías dadas vueltas. Estaban todos intoxicados con plomo. Así que le pedimos a la municipalidad que por favor asfaltara las calles”.

Pero ese es el final. Para recorrer la historia de todo este siglo se han reunido cuatro glorias de la pediatría local: Puga, Gustavo Berri (85, también ex presidente de la SAP), Angel Plaza (80) y Donato Depalma (83), además, historiador. Entre todos están armando un libro que cuenta la historia de la SAP. Es difícil seguirlos en la charla. Se apasionan con anécdotas, recuerdan viejos colegas, van y vienen en el tiempo.

Puga, por ejemplo –que fue secretario de Salud de la Ciudad, además de pasar por la Casa Cuna, el Pirovano y abrir el Garrahan–, recuerda que a los chicos deshidratados les decían toxicosos, y a los desnutridos graves, distróficos, aunque también los llamaban “pata de cabra”, porque tenían el sacro pegado. “Teníamos que convencer a los padres para que los dejen internados. Al principio costaba pero al mes se los llevaban contentos porque estaban gorditos”. Y cuenta algo maravilloso. Estando en el hospital de Wilde notaba que la gente no llevaba a sus hijos allí, y se dio cuenta de que era porque preferían que fueran atendidos por curanderos (“tenían más peso que nosotros”). Así que se le ocurrió hacer una reunión entre todos: médicos, vecinos y curanderos, para entrar en confianza, compartir conocimientos y repartir roles. Funcionó.

Plaza recuerda que la primera vez que entró “al Niños” (así llaman todos al hospital Gutiérrez) fue cuando tenía 4 años y un cuadro de difteria. En 1953 fue practicante y en el 2005, jefe del Departamento de Medicina. “¿Tuviste difteria?”. Sus colegas se sorprenden, y es que la enfermedad, más que frecuente por aquellos años, hizo estragos. Había que entubar, y hacer la traqueotomía rápido. Como con la poliomielitis. Todos recuerdan el uso del pulmotor, que había algunos a palanca, y que si no había o no andaban, los chicos se morían, así nomás.

Depalma recuerda la situación de los chicos no deseados. Y cuenta la historia de la ex Casa Cuna, el actual hospital Elizalde. Saca el tema porque supo ser amigo de un famoso “niño expósito”: Benito Quinquela Martín. “Yo soy un hijo de contrabando”, le dijo el pintor alguna vez con pesar.

Berri, creador de la famosa frase “Por un niño sano en un mundo mejor”, y presidente del Congreso Internacional de Pediatría de 1974 (“Vinieron 7.000 pediatras de todo el mundo, hasta los médicos descalzos chinos”), detalla las historias del “Niños” y el Garrahan, y le rinde homenaje al gran maestro Carlos Gianantonio. Recuerda que al crearse la SAP los chicos morían de tos convulsa, sarampión, rubeola, desnutrición y diarrea. Interviene Plaza: “Eran épocas en las que muchas veces lo único que se podía hacer era sentarse a mirar al chico, contener a la familia y prometerles volver. Así se hacía la ronda de pacientes. No había medicamentos. Sólo se podía esperar la evolución natural de la enfermedad. Por eso lo importante era acompañar”. Algo de eso es lo que falta hoy.

Clarin.com
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